Érase una vez un príncipe al que le gustaba mucho ir a caminar por el bosque, y este es el cuento que yo he hecho:
Érase una vez un príncipe al que le gustaba mucho ir a caminar por el bosque.
Era un príncipe joven, de unos 17 años, con un cabello rubio
como los rayos del sol, y unos ojos de color caramelo con forma de almendra
bellísimos. Sus labios rosados rebosaban dulzura, y su cuerpo esbelto hacía que
todas las jóvenes del reino murieran de amor por él.
No obstante, a él no le interesaba ninguna, puesto que su
pasión y atención se centraban en el bosque. No sabía por qué motivo le gustaba
tanto, simplemente notaba una gran fuerza interior que le impulsaba a
adentrarse largas horas en él, disfrutando del olor a hierba fresca y a flores
silvestres.
Su padre se preocupaba, puesto que como padre y rey quería
lo mejor para su hijo. No entendía por qué en lugar de estar buscando una
princesa digna de su amor, pasaba esas horas interminables en el bosque
paseando.
Un día, preocupadísimo porque su hijo no llegaba, montó a
lomos de su corcel y partió a buscarlo por todo el bosque. Cuando lo encontró, estaba
profundamente dormido en el suelo junto a un inmenso tronco. Lo despertó y se
lo llevó a casa muy enfadado.
Viendo que su hijo no tenía remedio no encontró otra
solución que visitar a la bruja anciana que, pese a su mala fama, había sacado
de más de un apuro a mucha gente.
El rey fue a ver a la bruja, que vivía en las afueras del
reino, y le contó lo que sucedía con su hijo. La bruja, que era muy malvada,
pensó que sería su oportunidad para quedarse con todo el reino, por lo que
engañó al rey: le dijo que tomara esa poción, que se la echara en la leche, y
que su hijo se enamoraría de la primera princesa que viese.
El rey obedeció, pero lo que no sabía era que la anciana
guardaba un secreto. Ella se tomó una poción que la rejuveneció tanto que
parecía una muchacha de la misma edad que el príncipe.
A la mañana siguiente, el rey vertió la pócima en el vaso de
la leche de su hijo, y poco después de que él bebiera, se presentó una
bellísima muchacha que decía ser princesa de un lejano país. El príncipe sintió
mariposas en el estómago, y decidió quedarse a hablar con la muchacha en lugar
de visitar su amado bosque.
Cuando el príncipe estaba seguro de que aquella era la mujer
de su vida, a la bella muchacha comenzaron a salirle arrugas, a escapársele
sonidos desentonados de su boca, a parecer sus canas, sus verrugas… ¡comenzó a
convertirse en la anciana bruja! Y es que tenía tan mala cabeza que se le
olvidó un importante ingrediente en la pócima.
Cuando el príncipe vio lo ocurrido, se desencantó. Al
preguntarle a su padre, le contó todo lo que había hecho, entonces el príncipe
se decepcionó tanto que renunció a ser rey algún día, y huyó al bosque, donde
se hizo una preciosa cabaña y vivió allí feliz.
Con los años, se encontró con una preciosa muchacha con la que
compartió el resto de sus días, y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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